Con mi papá muerto,
me proyecto con el amor de hijo en mis propias hijas
y elevo mi oración de agradecimiento eterno
porque ellas ven en mí el amor de su abuelo.
El dolor no se hereda, LA FELICIDAD SÍ.
Ser hijo, viene a competir con el ser padre. Ambos titulados con honores o sin ellos el mismo día. Tanto el papá como el hijo tienen la misma trayectoria y el mismo tiempo de experiencia, sin poder el uno desmerecer en prestigio de función al otro.
Acompañando a mi hija mientras se dormía, luego de contarle un cuento y cantándole la canción de cuna; veía su cara entregada, confiada, con toda la seguridad que podía ver en mí, sin temores y procurando en su proyecto interior ser feliz; pensaba, yo, en el “amor de padre”. Me explico. Si yo sentía todo lo que sentía por ella, inconmensurable, cuánto mayor y perfecto sería, entonces, el amor que Dios Padre sentiría por mí. Una de las grandes lecciones de mi vida, lo que mi hija me enseñó en ese instante o, mejor dicho, lo que juntos aprendimos aquella noche.
Desde ese momento, podría enumerar el sinfín de lecciones y aprendizajes que hemos ido construyendo a través del tiempo; nacieron dos más y cada una en su estilo y las tres juntas, han ido construyendo mi historia que, más que amarlas como las amo a ellas, hace que me ame cada vez más a mí mismo, me valo9re, me cuide y emprenda todo lo que me queda de vida por tener esa esencial razón de vivir.
Luego, por esas circunstancias de la vida, paso a ser padre y madre por períodos; tal y cual su mamá pasa a ser padre y madre por períodos; y las lecciones se agudizan, las exigencias se extreman y los esfuerzos se multiplican; pero con esa certeza de que ellas no solo viven conmigo y en mí, sino que pasan a ser parte de mi vida. Soy mis hijas. Ellas, a su vez, son yo.
Hoy, tengo frente a mí una tarjeta. El saludo que las tres juntas hicieron por el día del padre. El mensaje es tan sencillo como complejo: “Feliz día papá”. Seguido de cosas que hemos hecho juntos, mis características personales con su peculiar prisma y fino humor. Dibujos que nos representan en nuestra historia del último año y colores que despiertan sonrisas y gratas sensaciones. Pero, por sobre todo, con ese profundo reconocimiento a mi incondicional amor con la frase: “Sabemos como eres, no necesitas ser ni más ni menos”; con la que recuerdo la oración atribuida a Sor Teresa de la Cruz: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte”.
Amor de padre o amor de hija. En su definición más sublime es exactamente la misma. Incondicional, gratuita y eterna. “Eres como eres”, me aman tal y cual como ellas mismas me parieron (porque parimos el mismo día en función de los roles ¿no?), lo que no quita lo que dicta Carreño en su manual: “Todo anfitrión tiene el deber de hacer sentir al invitado que está en su casa; pero todo invitado tiene el deber de saber que no está en su casa”. Con este principio de amor, podemos sentirnos celebrados y celebrantes en el Día del Padre. Los que estamos aquí, los que están lejos y a los que tenemos en el cielo.
Feliz día hijas.
CARLO CRINO ARÁNGUIZ
PAPÁ E HIJO