REQUIESCAT IN PACE

REQUIESCAT IN PACE
Nelson Schwenke
“Y si alguno quiere risa
    tiene que volver la vista
    ir mirando las vitrinas
    que adornan las poblaciones
    o mirar hacia la calle
    donde juegan esos niños
    a pedir monedas de hambre
    aspirando pegamento
    pa' calmar tanto tormento
    que les da la economía
    cierto que da risa...”

Tuve la impresión de que era una broma. Después de tanta muerte y otras tragedias familiares, leo un post de mi hermano mexicano que llora inconsolablemente por la muerte de Nelson Schwenke. Tiendo a replicarle con una objeción artera, pero reflexiono y comienzo a pensar que no tenía nada de ilógico, menos de absurdo.
Y me animé al viaje en el recuerdo comenzando a precisar mi primer contacto con ellos. Hablo del dúo Schwenke y Nilo. Quienes tienen más cabeza historiadora me podrán corregir, porque creo haberlos conocido en acetato, con esos discos chicos singles de 45 rpm con “El Viaje” por allá por el 80, luego el o la cassette de sus primeros trabajos donde están apoyados en un muro que tiene pintado trazos de protesta, todo un ícono de la época ¿83?¿84?. Un par de años antes los tuve cerca, atendí su camarín y cantaron en el colegio traídos de Valdivia por su amigo Coke Contreras, mi profesor. Si me preguntan, debo reconocer que no eran canciones que celebraran lo que se vivía, pero tampoco eran panfletos baratos o de antología de peñas clandestinas. Sin embargo estaban claramente comprometidas con una realidad cruda, austral, sabrosa, húmeda y sureña. Hoy por hoy, los blogs se llenaron de despedidas de adentro, de gente sencilla y otra muy compleja. Se tapizaron las guitarras con esas baladas de poeta bueno, que no hace daño pero que estremece y derriba.  Voces tan diferentes que se confundían en sones indistinguibles porque eran dos almas pegadas a fuego, fiato imperceptible… eran uno cuando cantaban. Los sones que  resquebrajaban el cielo en sus notas más extremas, Nelson, y Marcelo con sus tonos limpios y certeros que hacían vibrar a las cuerdas de las guitarras sin el más mínimo roce físico.

Tal vez lo que más me liga a ellos, sea que era una de las pocas cosas en común con mi hermano.  Tal vez de lo poco que no discutíamos y, después de separarnos por tanto tiempo y distancia, tal vez lo único que hoy nos une. Cada canción es dueña de un recuerdo y muchas de ellas las tarareo imaginando que hago un dúo con él. Como entre el nicho y la cesárea, paridos del mismo vientre y separados por la misma muerte.  Es tal la trascendencia de esas canciones que es justamente su ausencia de contingencia barata lo que las hace tanto y más contingentes aún hoy, y serán siempre vigentes mientras haya hambre, injusticia, violencia y mientras quede esperanza. Porque al escucharlos, no puede nacerte más que un profundo y convencido sentimiento de paz. Cada canción es una historia  que dibujó el poeta valdiviano Clemente Riedemann en parte y el propio Schwenke en la mayoría de las canciones.  Estudiantes universitarios valdivianos, tal vez es otra de las razones por las que me identifico. Nunca he sido fanático de algún artista, pero en estos puse mi corazón, mi inspiración y con su música monté mi primera obra de teatro, con la voz y guitarra en vivo de mi amigo Vìctor Maldonado, que además incluyó una canción inédita que hoy me hace tanto sentido en una de sus partes: “Ahora que la lluvia me consuela con lágrimas de espanto”.

Por Aldo, mi hermano; por Víctor, mi amigo de tantas aventuras; por todos los cantores y cantoras de mi tierra que dieron vida a tanta revolución de tintos y sopaipillas . Todos quienes cantaron  sus canciones: Aquiles, Lalo, los dos Lalos   Aedo y Torres, Alejandro Moncada, Huillimapu, Pontoni y Ángel, el Weto y Juan Carlos, el mono y su inapreciable nunca tocar guitarra ni cantar (¡gracias a Dios!) (pero estar arrancando en todas), Luz y Clarita, Cecilia. Y tantos que olvido y espero me escriban para hacérmelo ver, porque hoy no necesito más que un abrazo, solo un sencillo, tibio,   cercano y honesto abrazo porque se ha muerto Nelson y tengo pena.

Pero a él sea la gloria y mi  consuelo a Marcelo… si yo estoy como estoy, me imagino Nilo.
Quienes quieran regalar un tiempo para conocerlos, escuchen su más emblemática  canción: “El Viaje”. De allí, no podrán dejar de querer conocer otras: http://youtu.be/bA7eiHHF7gc

Para Tejemedios
Carlo Crino Aránguiz
Profesor, Comunicador y Cineasta


APAGÓN

“Es tan excepcional un apagón en Estados Unidos,
que el de 1977 en Nueva York, que duró menos de 24 horas,
provocó desórdenes de tal magnitud
que hubo que recurrir al ejército para intentar implantar el orden.
Podríamos decir que equivale a un terremoto en Chile.”

El temporal trajo un apagón y el apagón duró muchos días para algunas familias en Ñuble.  Que extraordinario suena. En pleno siglo XXI un apagón de diez o más días; en casas citadinas que deben volver a sus modales originarios y rurales con velas, algunas yendo lejos a buscar el agua porque la electricidad también hace funcionar motores conectados a la red ( en una comuna amiga los APR tenían motores que funcionan con petróleo entregados post terremoto justamente para estas emergencias… nunca funcionaron) y muchos no funcionaron porque nadie sabía hacerlos funcionar, o los que habían sido capacitados hacía más de un año ya no estaban.

Otro apagón; el cultural. Los que crecimos en esa quebrada oscurantista entre el 73 y el 89, sabemos de escasez productiva; y posterior a eso el exceso enervante de creación testimonial, necesaria y abridora de ojos, pero hostigosa, oscura, odiosa y triste. Había de todo en cine, literatura, pintura, manifestaciones, renacimiento de peñas, recitales, mitin de reivindicaciones. Todo apuntaba a la reciente historia de ese tiempo y, unos más otros menos, nos contagiamos con tanta experiencia cruenta en toda nuestra obra hasta hoy. Yo le llamo depresión creativa, singular y común a todos los autores de todas las artes. Pero es obvio que fue más una explosión creativa luego de tanta y tan larga represión cultural.

Apagón afectivo. La cultura del desecho vino a coartarnos el derecho al almuerzo en familia, los artefactos para toda la vida; nos inundaron con vasos de plástico, platos cucharas, tenedores y cuchillos; nos robaron el silencio santo del traslado lejos de los teléfonos con magneto y nos robaron la dulce voz de la operadora. Nos apuraron en los traslados, murieron las exquisitas esperanzas de ver al cartero con una misiva amiga en un tiempo necesario para echar de menos; el tiempo mató al matrimonio y empezó a reinar el culto a lo desechable en el amor. La bebida gaseosa familiar en la mesa de los domingo, pasó de tres cuartos a tres litros y perdió el sentido de degustar, compartir y guardar para la semana; con ella llegó la obesidad: el gordito, uno,  era tan típico en los cursos básicos… ahora es extraño ver a algún flaquito. El zapatero remendón es un “espécimen” en los pueblos, tal como los laboratorios fotográficos y las máquinas de escribir ausentes, robándonos la modernidad el taca taca taca ting al entrar a las oficinas públicas, la notaría (queda una que otra) u otra dependencia afín.

Apagón que no dejas entrar ni a la luna. Antes se cortaba la luz y la vida seguía tan natural como si nada pasara, con la fiel vela, la tetera para el café, el carbón o gas para calentar la comida. ¿Hoy? Hervidor eléctrico y horno microondas; y nada de hacer fuego, comí frío, me castigué por tres días como diciéndome: estás perdiendo lo esencial, olvidando lo importante y vendiéndote a la comodidad. Sin embargo, no es justo que lo esté pagando para que no llegue.  No es justo que una empresa millonaria se regocije en sus ganancias mientras mi vecina hace malabares para vivir sin luz.

Claro que tiene mucho de romántico mi texto y claro que tengo rabia con la falta de energía y se me viene la contradicción vital con las hidroeléctricas; pero también me sirve para darme contra el muro una vez más y valorar lo realmente importante. ¿Saben? Al estar todo apagado, volví a apreciar a las estrellas.

Para Tejemedios
Carlo Crino Aránguiz
Profesor y Comunicador por excelencia