“Es tan excepcional un apagón en Estados Unidos,
que el de 1977 en Nueva York, que duró menos de 24 horas,
provocó desórdenes de tal magnitud
que hubo que recurrir al ejército para intentar implantar el orden.
Podríamos decir que equivale a un terremoto en Chile.”
El temporal trajo un apagón y el apagón duró muchos días para algunas familias en Ñuble. Que extraordinario suena. En pleno siglo XXI un apagón de diez o más días; en casas citadinas que deben volver a sus modales originarios y rurales con velas, algunas yendo lejos a buscar el agua porque la electricidad también hace funcionar motores conectados a la red ( en una comuna amiga los APR tenían motores que funcionan con petróleo entregados post terremoto justamente para estas emergencias… nunca funcionaron) y muchos no funcionaron porque nadie sabía hacerlos funcionar, o los que habían sido capacitados hacía más de un año ya no estaban.
Otro apagón; el cultural. Los que crecimos en esa quebrada oscurantista entre el 73 y el 89, sabemos de escasez productiva; y posterior a eso el exceso enervante de creación testimonial, necesaria y abridora de ojos, pero hostigosa, oscura, odiosa y triste. Había de todo en cine, literatura, pintura, manifestaciones, renacimiento de peñas, recitales, mitin de reivindicaciones. Todo apuntaba a la reciente historia de ese tiempo y, unos más otros menos, nos contagiamos con tanta experiencia cruenta en toda nuestra obra hasta hoy. Yo le llamo depresión creativa, singular y común a todos los autores de todas las artes. Pero es obvio que fue más una explosión creativa luego de tanta y tan larga represión cultural.
Apagón afectivo. La cultura del desecho vino a coartarnos el derecho al almuerzo en familia, los artefactos para toda la vida; nos inundaron con vasos de plástico, platos cucharas, tenedores y cuchillos; nos robaron el silencio santo del traslado lejos de los teléfonos con magneto y nos robaron la dulce voz de la operadora. Nos apuraron en los traslados, murieron las exquisitas esperanzas de ver al cartero con una misiva amiga en un tiempo necesario para echar de menos; el tiempo mató al matrimonio y empezó a reinar el culto a lo desechable en el amor. La bebida gaseosa familiar en la mesa de los domingo, pasó de tres cuartos a tres litros y perdió el sentido de degustar, compartir y guardar para la semana; con ella llegó la obesidad: el gordito, uno, era tan típico en los cursos básicos… ahora es extraño ver a algún flaquito. El zapatero remendón es un “espécimen” en los pueblos, tal como los laboratorios fotográficos y las máquinas de escribir ausentes, robándonos la modernidad el taca taca taca ting al entrar a las oficinas públicas, la notaría (queda una que otra) u otra dependencia afín.
Apagón que no dejas entrar ni a la luna. Antes se cortaba la luz y la vida seguía tan natural como si nada pasara, con la fiel vela, la tetera para el café, el carbón o gas para calentar la comida. ¿Hoy? Hervidor eléctrico y horno microondas; y nada de hacer fuego, comí frío, me castigué por tres días como diciéndome: estás perdiendo lo esencial, olvidando lo importante y vendiéndote a la comodidad. Sin embargo, no es justo que lo esté pagando para que no llegue. No es justo que una empresa millonaria se regocije en sus ganancias mientras mi vecina hace malabares para vivir sin luz.
Claro que tiene mucho de romántico mi texto y claro que tengo rabia con la falta de energía y se me viene la contradicción vital con las hidroeléctricas; pero también me sirve para darme contra el muro una vez más y valorar lo realmente importante. ¿Saben? Al estar todo apagado, volví a apreciar a las estrellas.
Para Tejemedios
Carlo Crino Aránguiz
Profesor y Comunicador por excelencia