Hay trozos de vida que tal vez uno no puede cargar para llevarse. Son esas excepcionales partes de uno que quedan atrás cuando hay que rasgar la tierra y arrastrar las raíces en busca de nuevas oportunidades. Dejas tus muertos. Viejos amores. Amigos que se te van distanciando por las más increíbles razones. Es evidente que nada físico te ata a tu tierra natal, pero algo hay que te hace volver y volver. “Algo” indefinible e indescriptible.
Un amigo me explicaba su sensación al volver a su ciudad natal, hablaba de su experiencia como una pasada por un lugar con olores y colores familiares, rostros conocidos, pero sin ningún vínculo más allá. Era hasta entretenido, con todo lo pintoresco que era reconocer lugares de la infancia y evocar recuerdos.
Pues bien. Mi “algo” es un tanto más sustancial. Es más que rostros conocidos y evocar recuerdos; pues quienes se han alejado de Bulnes, saben que los espacios que volvemos a encontrar, los volvemos a habitar y, por algún fenómeno solo de estas tierras, no solo nos producen evocaciones, pues también producen dolores, espantos, calambres, alegrías. Al respirar en los bordes húmedos del Larqui o el Pite, se contraen los poros y se eyecta la excitación adolescente. Los bosques dibujan los contornos de esas chiquillas desnudadas entre sus misterios y los pastos potrerales aún reservan las huellas embarradas de mis huidas de maridos celosos, padres estrictos o hermanos exagerados protectores de las virtudes virginales de sus respectivas hermanas.
Pero es mucho más. La escuela uno, del profe degenerado, del que con Danilo y Gerardo nos escapamos de su oficina oscura cuando se me tiró a los pantalones. Nunca nos creyeron. Es la escuela y sus colores. ¡Qué maravilla esperar ver niños muertos penándonos en medio de los pasillos oscuros esos días de semanero en invierno! Habían muerto para el terremoto del 39. Creo que yo ya era adulto pelos hediondos cuando vine a caer en que ningún niño podía estar en clases a las once y media de la noche ese día de enero del 39, más aún considerando que desde que el mundo es mundo, en Bulnes el 24 de enero los niños están en vacaciones. La escuela en que hice mis más entrañables amistades, mis primeras armas en la creación literaria (con premios y todo) con mi poesía a carabineros. Pensar que ocho años después me estaban apaleando en Valparaíso.
¿Qué hace a mi Bulnes una tierra de volveres? No ser un número. Ser comunistas y derechistas al mismo tiempo. Avanzada nacional y PPD. Personeros municipales de la época militar que tras el regreso a la democracia siempre fueron DC. Familiares que asustan a familiares para que se mueran de susto y cobrar la herencia. Una ciudad chica, decía mi padre, que está plena de pueblo inteligente al que no le vienen con cuentos. Por eso respeto a las autoridades, porque fueron elegidas por mi pueblo y si nos equivocamos, tenemos que cerrar filas pa’ construir, pero no volver a meter la pata (si es que metimos la pata). Los que critican a sus autoridades sin fundamento fiscalizador, denigra a todo un pueblo que eligió; pero si el pueblo que eligió se duerme en los laureles ¡Que el Señor nos pille confesados!.
Tal vez no muchos me conozcan, pero basta saludar para que te saluden. Tal vez no he sembrado o devuelto la mano en directa proporción a lo que recibí de mi pueblo, pero soy suyo y es mío. Nadie lo puede discutir. Bulnes es tierra de brujas y hechizos, de magos y hadas, de viejas rechuflas y viejos ñafleros; tierra de talentos que con dos o tres millones de dólares estarían gobernando las artes y ciencias… ¿No les decía yo que el desarrollo de las artes y las ciencias era no más cuestión de plata? Escuche cantar a su vecino, recitar a la niña de la Sra. Lucy , pintar al Gato, tocar el piano al morenito ese o las esculturas y tallados y modelados del chico que va con su mamá a la feria. Todo el que ha tenido la oportunidad de financiar su arte, hoy vive de eso. Les ruego perdonen mi insensibilidad, pero he visto esencias perdiéndose en exposiciones escondidas y bodrios exponiendo en galerías millonarias. Y qué decir de todos nuestros profesionales que en su gran mayoría han tenido que emigrar, o han querido. Ese es otro fenómeno digno de reflexionar.
¿Yo? Yo solo soy de Bulnes. Si eso es bueno o es malo me tiene sin ningún cuidado. Pero no lo puedo negar ni renegar, y eso sí que me gusta. Bulnes produce eso, es una cuna de tiempo. Siempre decimos lo mismo quienes nos encontramos luego del viaje “No ha cambiado nada”. Algunos lo ven como negativo, a otros les encanta. Tal vez éstos regresan por su ración de fuente de la juventud o para hacer que el tiempo pase más lento. Otros quieren jubilar aquí como tantos; y no pocos vienen a pasearse para no olvidar su origen pueblerino, ya sea con gozo y nostalgia, ya sea con desesperación y temor de volver a eso.
Hoy por hoy, esta es mi carta de presentación. Gracias por este espacio, que excede enormemente, al aporte que puedo hacer. Al menos no se gasta en tinta.
CARLO CRINO ARÁNGUIZ
PROFESOR, CINEASTA, DIRECTOR, ACTOR, Y RR.PP